domingo, 4 de febrero de 2018

Javier Benegas: “el enemigo del periodismo no es Internet ni su inmediatez, sino el propio periodismo y sus dinosaurios”

Javier García entrevista a Javier Benegas, creador del nuevo diario digital, Disidentia, un medio imprescindible en España hoy. 


Artículo de Sintetia:
Empecé a leer las reflexiones de Javier Benegas y Juan M. Blanco desde hace años. Desde que empecé a hacerlo, no puedo dejarlo. Para mí son dos analistas de mente inquieta, reflexiones afiladas y opiniones sólidas sobre la realidad. Difíciles de domar, de acallar y de decir lo que consideran que es clave para el lector. Muchas veces van a contracorriente, son difíciles de encasillar —a pesar de la insana costumbre que tenemos de poner etiquetas a todo el que escribe en España—. Ahora acaban de lanzar una nueva iniciativa: Disidentia. Un lugar absolutamente imprescindible, básicamente porque sus principios y su razón de ser se necesita en España más que nunca. Como dicen en su artículo casi fundacional:
«Un conocido editor y periodista español contó públicamente que, antes de abrir su diario digital, tuvo que hablar con todos los grandes empresarios españoles para solicitar su permiso (…) Nosotros no hemos hablado con ningún gran empresario para comenzar este proyecto; ni pensamos hacerlo (…) Es absurdo creer que el viejo paradigma informativo puede cambiar si el público sigue dejando en manos de los poderosos grandes anunciantes, de la publicidad institucional (política) y de las subvenciones discrecionales, así como de las oscuras operaciones financieras en los despachos, la supervivencia de un medio de información, porque quien paga manda”.
Hoy converso con mi tocayo Javier Benegas, y creo que la entrevista tiene el suficiente calado para que nunca dejes de leer y apoyar Disidentia.
Javier, ¿Por qué este paso decidido por crear Disidentia?
Las razones son muchas, pero la principal seguramente sea la necesidad de liberar la opinión y el análisis de la imposición de una agenda política que sólo atiende al corto plazo. También porque creía beneficioso para el lector que la opinión escapara al control de los directores de los diarios generalistas que, por lo general, la convierten en una herramienta al servicio de su influencia, lo que va en detrimento de la calidad, honestidad y profundidad. Hay muchos asuntos clave que no figuran en las agendas ni de políticos ni de directores de diarios. Y eso perjudica al público, que se ve forzado a consumir un menú, por así decir, barato y falto de proteínas.
Tu compañero de fatigas, Juan M. Blanco dice en su perfil de Disidentia:Nos encontramos en el límite: es momento de mostrar la gran utilidad que pueden tener las ideas”. ¿Parece una apuesta dura, las ideas, y poco rentable, por desgracia? ¿Cómo vais a financiar esa libertad para expresar ideas que, seguro, serán de alto impacto intelectual?
Puede parecer que las ideas no venden, pero por los datos de que dispongo no es así. De hecho, en el anterior diario generalista en el que estuve, donde ejercí de jefe de opinión, de los 10 contenidos más leídos durante un año, creo recordar que seis eran artículos de opinión y análisis que requerían cierta comprensión lectora. La clave, creo, es desarrollar un tipo de contenido que, desde el principio, anime al lector a seguir leyendo. Y después, que su desarrollo pueda ser digerido por cualquiera. Eso requiere aplicar un proceso de tres fases: encontrar un tema de interés, fundamentarlo intelectualmente y finalmente adaptar la redacción al gran público. No es fácil, pero se puede hacer. Ocurre que muchos autores con ideas elaboradas (académicos, sociólogos, politólogos, economistas…) escriben como si sólo fueran a leerles sus pares, quizá por miedo al qué dirán sus colegas. Y eso es lo peor que se puede hacer en un medio de difusión orientado al público.
En cuanto a la financiación, tenemos tres fórmulas complementarias. Pero nos gustaría que el núcleo duro fuera la suscripción voluntaria. Pero es difícil, porque en general el ecosistema de los diarios online ha impuesto la absurda creencia de que los contenidos son gratis, cuando en realidad no lo son. Todos los lectores que acceden, por ejemplo, al diario El País, por citar uno de los grandes diarios abiertos, creen que consumen sus contenidos gratis. Y no es cierto: los pagan sin saberlo, como contribuyentes y como consumidores de servicios esenciales, porque estos grandes diarios se financian por la vía de la publicidad institucional, los grandes anunciantes (que suelen ser proveedores de servicios esenciales) e, incluso, por la vía de los despachos. Sea como fuere, el público siempre paga, sólo que no puede decidirlo él.
¿Por qué los medios de comunicación han perdido su “esencia”?
Porque han terminado mirando al poder. Así de simple. Tal y como explicaba antes, saben que su viabilidad depende de quienes ostentan el poder, sean políticos, grandes empresarios o banqueros; no del público. La situación es tan anómala que hoy siguen liderando el mercado diarios cuyas compañías matrices están técnicamente quebradas, con deudas milmillonarias. Pero ahí siguen, extendiendo cheques con importes por encima del precio de mercado a colaboradores y articulistas, y compitiendo de manera desleal. A todas luces tendrían que haber cerrado, permitiendo un reajuste del sector y el surgimiento de nuevas iniciativas más eficientes, modernas y, sobre todo, abiertas. Esta anomalía no es fruto del azar, sino resultado de decisiones políticas. Y es extraordinariamente perjudicial para el sector: lo empobrece, porque no se prima al mejor… sino al mejor relacionado. Puede parecer una paradoja, pero que ciertos medios quebrados no cierren es lo que hace que el periodismo esté en crisis; y el índice de paro del sector, disparado.
¿Internet, la inmediatez está matando el trabajo del periodista que requiere cierto poso, investigar y eso que parece cada vez más difícil, pensar?
No creo que el problema raíz sea la inmediatez. La inmediatez lo que está indicando es que el periodismo necesita nuevos recursos que no estén tan supeditados a la línea temporal, necesita generar sinergias con contenidos que llamamos “periodismo lento”, temas más intemporales que contengan ideas poderosas, hallazgos. Pero ahí nos topamos con otro de los graves problemas del periodismo actual: el corporativismo.
Ocurre que muchos de los profesionales que son formalmente periodistas, es decir, que ostentan el título universitario, su bagaje es una carrera que todos sabemos francamente mejorable. Y claro, es muy difícil que sean estos periodistas, “triturados” por la facultad de Periodismo, los encargados de crear un producto intemporal y de calidad. Los diarios necesitan dar entrada a otras firmas que son ajenas a la profesión. Y eso no está nada bien visto. Así pues, podríamos decir que el periodismo está atrapado en su propio corporativismo. La mayoría de directores sigue sin entender que Internet lo que ha hecho es meter de hoz y coz a sus diarios en la realidad del mercado. Ya no tienen el monopolio de los contenidos, han de competir con las demás mentes pensantes, sean o no periodistas. Mientras no asuman esta realidad, mientras no bajen de su pedestal seguirán desangrándose con costosas estructuras para producir contenidos, cuya limitadísima vigencia, los hace inamortizables. Para mí, el enemigo del periodismo no es Internet ni su inmediatez, sino el propio periodismo y sus dinosaurios.
Habláis sobre una sociedad “infantilizada”, ¿en qué consiste este concepto?
En efecto, es un tema que nos obsesiona. En la sociedad actual, la juventud se ha convertido en icono de culto. Antes, la edad llevaba aparejada cierta veneración, respeto. Se daba por supuesto que una persona mayor había acumulado una experiencia y un conocimiento valiosos. Por eso los adolescentes de antes de la Gran guerra, en cuanto podían lucían un generoso bigote para aparentar más edad. Hoy, sin embargo, sucede justo lo contrario: los mayores quieren parecer jóvenes. Y no sólo mediante el aspecto, sino también mentalmente, cultivando la inmadurez. Hoy la impulsividad, los instintos, prevalecen sobre la reflexión. Y la búsqueda del placer a corto plazo se impone a los objetivos a largo plazo. En consecuencia, los derechos, o privilegios han terminado por imponerse a esos deberes y obligaciones que, precisamente, eran propios de la madurez. Esto ha dado lugar a una sociedad cada vez más superficial, menos comprometida con el largo plazo, que es muy propensa al pataleo, a la protesta, pero muy poco dada al esfuerzo, al sacrificio y, lo más importante, a la aceptación de la realidad. El mundo real, es decir, la vida en ocasiones puede ser pavorosa o, cuando menos, requerir de ciertas dosis de coraje y valentía. Y es evidente que una sociedad infantilizada resulta mucho más vulnerable a las crisis y, por lo tanto, es poco confiable. El mundo muchas veces no es vello ni bueno. Tenemos que aceptarlo. No hacerlo nos pone en grave peligro.
Me gusta especialmente cuando habláis muchas veces de “complicidad de los intelectuales”. ¿Cómo ha cambiado la definición de intelectual? 
Antes existía la figura del “intelectual público”. Un tipo de pensador comprometido que, para bien o para mal, se atrevía a platear hipótesis generales que llegaban al ciudadano común. En la actualidad, el intelectual público prácticamente ha desaparecido. Ha sido reemplazado por “el experto”, que poco o nada tiene que ver. Para empezar, el experto no establece ningún diálogo con la sociedad, simplemente impone su criterio. Para él, hablar con un ciudadano corriente es una alienación. No escribe para el gran público, sino para sus pares. Ya sabes, los famosos “papers” … ¿Alguien se imagina a Bertrand Russel publicando un “paper” lleno de estadísticas agregadas? Como curiosidad, hace no mucho tuve una discusión con un politólogo que quiso zanjar el debate apelando a que yo no había publicado ningún “paper”, ¿se puede esgrimir argumento más bobo? Además, a diferencia del intelectual público, el experto no plantea teorías o hipótesis generales, es un especialista que sólo conoce una parte del problema, muchas veces ínfima e irrelevante. Tiene por tanto una visión muy limitada. Para colmo suele errar con demasiada frecuencia o, peor, tiene tendencia a sesgar sus conclusiones, como suelen demostrar los metaanálisis.
¿Cuál es la mejor vacuna ante el populismo?
La mejor vacuna contra el populismo es el debate, el diálogo, la tolerancia crítica y la eliminación de los tabúes. También ayudaría una cura de humildad de políticos, burócratas y expertos. El populismo es en esencia reactancia social. Así, el populismo de Donald Trump tiene su origen en el “Yes we can” de Obama; es una reacción a la creencia de que la política lo puede resolver todo. En realidad, para ser justos, habría que decir que Obama es el gran populista norteamericano del siglo XXI. Alcanzó la presidencia apelando a los sentimientos, a las emociones, a una determinada moral. Desgraciadamente, los norteamericanos comprobaron con Obama que los problemas no se resuelven sólo con desearlo; tampoco mediante ambiciosas “políticas sociales”. Y pasaron de la utopía de Obama al desencanto de Trump. Así que más bien diría que Trump es post populismo; es decir, la consecuencia del “populismo ilustrado” de Obama.
¿Y cuál es la vacuna ante eso que se llama post verdad? 
La posverdad es la mentira de siempre difundida por nuevas vías. Y contra la mentira el único antídoto es el conocimiento, el análisis, la reflexión. En realidad, cuando ciertos sectores de la sociedad nos advierten de que estamos en la era de la posverdad, lo que nos están diciendo es que, con la llega de Internet, han perdido el monopolio de la mentira y la manipulación. La mentira, como dijo Revel, es la principal fuerza que mueve el mundo. Lo que sucede es que las nuevas tecnologías la han liberado de sus, por así decir, amos. Si uno analiza, por ejemplo, las noticias vertidas a lo largo de un año por grandes medios de comunicación, supuestamente solventes, descubrirá que también publican numerosas mentiras o medias verdades que luego difunden a través de Internet. Así que posverdad no es más que el viejo vicio de mentir, pero usando las redes sociales. Y quien esté libre de pecado que tire la primera piedra.
¿Cuáles consideras que son los mayores retos a los que enfrenta la sociedad española?
El primero y más importante, crear una sociedad civil. Porque en España no existe tal cosa. Todo está intervenido por las administraciones. Incluso las asociaciones están subvencionadas por ellas. Y sin sociedad civil, es muy difícil generar masa crítica para poder afrontar con éxito los numerosos retos que se avecinan. Por esta razón, por la ausencia de sociedad civil y, también, de unas élites que merezcan ser catalogadas como tales, en España se reproducen todos los defectos de la sociedad occidental actual pero corregidos y aumentados. Pero esto también puede ser una ventaja, porque los problemas se vuelven más acuciantes. Y puede ser un acicate.
En un artículo dices: “La imposición de determinadas ideas, teorías e investigaciones por encima de los principios, se tradujo en atrocidades”, ¿los principios están siendo pisoteados por datos? Sin embargo, ¿hay algo más fácil de manipular que un dato?
Lo que muy pocos dicen es que, de un tiempo a esta parte, la proliferación de metaanálisis está demostrando que la inmensa mayoría de estudios con pretensiones ideológicas están sesgados, en ocasiones, vergonzosamente sesgados. Pero más allá de esta evidencia, conviene decir que por sí mismos los datos no valen mucho, no pueden interpretar la realidad. Para eso hace falta un marco analítico, interpretativo. Y ahí es donde empiezan las trampas. En cualquier caso, lo más preocupante de este nuevo cientificismo es que nos pretende imponer su visión del bien y del mal. Así, si los “expertos” dicen que millón y medio de personas mueren al año por enfermedades relacionadas con la contaminación, no te están diciendo simplemente que no debe usar el automóvil, símbolo por excelencia del malvado capitalismo, sino que si usas el automóvil para ir a trabajar eres un ser inmoral, casi un asesino. Lo cual es terrible. La verdad es que los expertos actuales desprenden un fuerte aroma totalitario.
En 2008 publicaste un libro, La Sociedad Terminal. Desde 2008 pasaron muchas cosas, una crisis que lo eclipsó todo. ¿Qué tesis defendías entonces que perviven o se han agravado desde entonces?
Advertía sobre el surgimiento de una sociedad superficial, dominada por imágenes, clichés, consignas, dogmas, apariencias. Una sociedad inconsistente, que sólo reacciona a mensajes codificados que carecen de contenido y profundidad, que carecen de verdad. Nuestro mundo se ha vuelto demasiado cínico. Mientras aparentemente nos comprometemos con un sinfín de causas sociales, nuestros actos cotidianos no hablan demasiado bien de nosotros. Buscamos salir en la foto, ser los primeros en aparecer golpeándonos el pecho ante las injusticias, pero en realidad somos cada vez más inconsistentes, interesados y poco de fiar. Es otro síntoma de la infantilización de la que hablábamos antes. Hechos son amores y no buenas razones.
Te cito: “el torrente de información es tan abrumador que la verdad queda disimulada, disuelta en un océano de noticias irrelevantes”, ¿y esto va a peor? ¿Cómo se lucha contra esta marea imparable?
Bueno, así escrito suena aterrador. Pero no lo es tanto. La gente, a pesar de lo que digan los expertos, no es idiota. El común es bastante más prudente de lo que parece. De hecho, a la hora de la verdad, suele ser bastante más prudente que los políticos, incluso más coherente. Lo estamos viendo con el circo catalán. Al final la gente lo único que quiere es que la ley se aplique y que haya un cierto orden. Nada más… ni nada menos. El ruido informativo está en otra parte, en otra dimensión: alrededor de la nación política, no de la nación real. Hay mucha ficción, muchos intereses y muchos disparates en la nación política que, luego, en la nación real no tienen lugar. No hay que olvidar que, como explicaba al principio, los medios no se deben al público sino a los intereses políticos de unos y otros. Por eso el ruido informativo es ensordecedor. Pero la gente sabe distinguir lo importante de lo que no lo es. Otra cosa es que nos tengan entretenidos… o aburridos. Pero qué le vamos a hacer.

La corrección política es una ideología opresora”, dices. ¿Cada vez cuesta más profundizar en los temas, en la complejidad de los matices y es más fácil quedarse en lo superficial? ¿No es contradictorio que a más complejidad social, política y económica tratemos de usar atajos intelectuales cada vez más torpes?
Las cosas ni son tan complicadas como parecen ni hay que hacerlas más simples de lo que son. Evidentemente, construir una “teoría del todo” es una tarea colosal. Pero para comprender determinados fenómenos, basta con sumergirse unos pocos metros por debajo de la superficie. Es un pequeño esfuerzo que merece la pena. El problema es esta creencia nueva de que la política lo puede todo o, lo que viene a ser lo mismo, que, si a la ciencia política le añadimos datos empíricos, podremos cambiar la realidad desde el poder. Este es el disparate. La sociedad es un organismo extremadamente complejo al que conviene dejar la mayor libertad de acción posible. Los problemas empiezan cuando uno no respeta esta norma fundamental. Así, por ejemplo, con el pretexto de luchar contra las desigualdades, los politólogos nos han vendido la moto de que la verdadera igualdad es la igualdad de representación. Y ahora todo son agravios. Un sinvivir.
Te autodefines como liberal, ¿qué significa ser liberal en el siglo XXi? ¿Es una definición que va más allá de lo económico?
El liberalismo es, para mí, ante todo principios. La cuestión económica tiene que surgir de esos principios, no al revés. Desde el final de la Primera Guerra Mundial, el liberalismo está en crisis. A mi juicio, su principal problema es la falta de una identidad capaz de ser transmitida de manera inequívoca y positiva, tanto al académico como al frutero de la esquina. Esa identidad que trascienda al pragmatismo económico y que impida, por ejemplo, que muchos reduzcan lo liberal a luchar contra los impuestos, que es por donde suelen infiltrarse los falsos liberales.
Parece que hay una corriente mundial en contra de los mercados, el comercio, la tecnología, la libre movilidad de personas… ¿volverán las oscuras autarquías que tanto empobrecen?
Espero que no. Es más, no creo que sea posible, al menos no de forma dramática. Lo que ocurre es otra cosa. Han sido los tecnócratas, y no el ciudadano común, los que han pretendido dar por finiquitado el Estado-Nación tomando como pretexto la globalización, para imponer un nuevo poder trasnacional que, claro está, ellos ejercerán por nuestro bien. Y creo que se han equivocado. El estado-Nación mal que bien es una institución que dota a las sociedades de cierta seguridad. Así que para reemplazar el Estado-Nación antes hay que proponer un sistema equivalente. Y por ahora no existe. La Unión Europea, por ejemplo, no puede llenar ese vacío, porque es un ente gerencial, no institucional como lo puede ser el viejo Estado-Nación. Así pues, los tecnócratas deben tomar conciencia de la realidad y aflojar el paso, de lo contrario, van a generar un problema colosal. Aún estamos en un proceso de transición que puede durar mucho tiempo.
¿Cómo va a ser el menú semanal que nos ofrecer Disidentia? ¿Qué autores y por qué?
El menú intentará ser intelectualmente honesto. Queremos que cada pieza, cada videoblog, cada producto tenga una impronta Disidentia. Y que con el tiempo el lector diga “es un artículo Disidentia”, independientemente de quien lo firme. Eso sería estupendo.
Un sueño para una Disidentia en 2 años…
Haber consolidado nuestro nicho de mercado y poder dedicar recursos a investigar y desarrollar nuevos productos. Somos conscientes de que no va a ser nada fácil. Podemos fracasar, pero hay que arriesgar.

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